Eduardo
Chillida iba para portero de futbol del equipo de su ciudad: la Real Sociedad
de San Sebastián. El laberinto que es
vivir, le condujo tras quebrarse una rodilla a la poética que es crear con tu
mente y tus manos lo que el corazón te dicta. Escapó del espacio, límites y
balón al grabado, la tinta, el alabastro, el acero o el barro cocido. Manos
abiertas, figuras tridimensionales en espacios que acogen la pieza y al
visitante. Hace tres años, ya fallecido Chillida, en el mes de agosto, viajé para
pasear por el Caserio de Zabalaga y emborracharme de su obra. Fue un día de
verano norteño, con chirimiri, sol a ratos y sin frio. Un día entero entre
hierba, bosque, caballos, y la paz de un amplio paraíso que ofrecía pararte, dibujar, fotografiar, leer;insinuándote músicas y poemas. Desde hace más de un año el museo al aire libre
cerró. Ya la cultura no importa.
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